Cada semana, nos acercamos a la Haftará para descubrir en las palabras de los Profetas enseñanzas que iluminan nuestro presente y enriquecen nuestra vida.
Yeshayahu 40:27 - 41:16
Sábado 24 de octubre 2026
La lectura de la Parashá Lej Lejá, precisamente en Bereshit 12:1 es conmovedora cuando el Eterno le dice a Avram: “Lej-lejá meartzejá umimoladtejá umibeit avíja el-haáretz asher ar’eja” - > “Vete de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré” y nuestros Jajamim instituyeron como Haftará, Yeshayahu 40:27 al 41:16 y no es por casualidad, puesto que en ella, el Profeta que la crítica histórica conoce como Deutero Isaías, se dirige a una nación quebrantada todavía en Babilonia, y le recuerda sus orígenes: “Pero tú, Israel, siervo mío eres; tú Yaakov, quien yo escogí, simiente de Avraham, mi amigo” con palabras que arengan al Pueblo a dejar su deportación y regresar a sus orígenes.
Se da, desde la perspectiva de la investigación histórica-crítica, en el corazón de la Mesopotamia del S. VI AEC, en los asentamientos del exilio junto a los ríos de Babilonia, al parecer entre los años 546 y 539 AEC tras la destrucción de Yerushalaim y el Primer Templo por Nabucodonosor, en medio de una crisis geopolítica mundial, pues el imperio neobabilónico se desmoronaba ante el avance de Ciro II de Persia conocido como Ciro el Grande. Los deportados llevaban al menos cuatro décadas en una crisis de asimilación y alienación ante el culto esplendoroso a Marduk y Nabu, y sufriendo una crisis de fe, pensando que el Dios de Israel les había abandonado.
Establecida ya la relación, tomo de la Haftará el verso 27 del mismo capitulo 40, donde pregunta: “¿Por qué dices, oh Yaakov, y hablas, oh Israel: Mi camino está oculto del Señor, y mi derecho legal (mishpatí) pasa desapercibido para mi Dios?”. En el texto masorético, la palabra “mishpatí” que he resaltado anteriormente, no implica un juicio abstracto, sino una causa justa del pueblo que ha sido oprimido y siente que sus ofensas han sido daños que han quedado sin reparación; el Profeta mismo se responde en los versos 28 y 29 diciendo: “El Eterno que no se fatiga ni se cansa y su entendimiento es inescrutable (en jékur), dando fuerzas al exhausto (ya’ef)”.
Cuando se convierte en poesía pura es en los versos 30 y 31 del mismo capítulo 40: “Los muchachos se fatigan y se cansan, los jóvenes (bajurim) tropiezan y caen; pero los que esperan activamente en El Señor renovarán sus fuerzas (yajalifu kóaj), levantarán alas como las águilas; correrán y no se cansarán, caminarán y no se fatigarán”. La morfología de “yajalifu” indica un trueque: el humano entrega su debilidad y recibe a cambio la vitalidad incorruptible del Eterno.
En los versos 6 y 7 del Capítulo 41 hay un comentario satírico incluso cuando habla de la fabricación de ídolos y dice “El carpintero animó al platero diciendo: buena es la soldadura; y lo afirmó con clavos para que no se mueva” dejando ver la impotencia de los ídolos que requieren clavos para no desplomarse. En el 1º al 14 dice “Pero tú, Israel siervo mío eres… simiente de Avraham mi amigo (zera avraham ohaví)… No temas porque yo estoy contigo (al-tira ki itje-aní)” afirmando la elección incondicional; y en los versos 14 al 16 “No temas, gusano de Yaakov (tola’at Yaakov)… yo te ayudo, dice el Señor, tu redentor (go’elej)” transfigurando la debilidad humana.
La interpretación rabínica profundiza en las metáforas utilizadas por el Profeta. En el verso 31, hemos leído que hay un concepto de “renovar fuerzas” y en el Talmud, en Sanhedrín 92b hay una reflexión sobre la resurrección y la capacidad divina de revitalizar a los muertos y a los desesperanzados y compara el vuelo de las águilas con la renovación espiritual que Israel experimentará a la llegada de la Era Mesiánica.
En el verso 8 del Capítulo 41 hay una frase que es “Avraham Ohaví” Avraham mi amigo y tanto en Avodá Zará 3a como en Menajot 53b contrastan la figura de Avraham con otros personajes de la antigüedad, que sirvieron a Dios por temor o por interés mientras que Avraham lo hizo por amor. En el tratado Nedarim 32a agrega que Avraham reconoció a su creador a la edad de tres años y comenzó su tikkun olam mediante la hospitalidad y la eneñanza del monoteísmo ético.
Una de las metáforas es la del “gusano de Yaakov” (tola’át Yaakov) tiene una gran exégesis en el Midrash Tanjumá y en Gittín 68a. Los sabio se preguntan ¿por qué se compara a Israel con un gusano? El Midrash responde que es el gusano una criatura muy frágil y blanda, cuya única fuerza reside en su boca; y así también la fortaleza del pueblo de Israel reside en su boca: en la plegaria sincera, el estudio de la Torá y la proclamación de la verdad moral.
Esta Haftará, conjuntamente con la Parashá desarrollan y reflejan un cuerpo de principios éticos y morales que encontramos de una gran actualidad.
La haftará no exige que no tengamos miedo, pero tampoco convierte nuestra historia en una garantía de victorias automáticas. Podemos estar atravesando por enfermedad, desplazamiento, antisemitismo, precariedad o soledad y entonces debemos comprender que la esperanza no niega el sufrimiento y que estamos obligados a perseverar y actuar
La llamada “Lej-Lejá” para abandonar la casa paterna es un mandato contra la parálisis existencial y el conformismo personal. Nuestras zonas de confort hoy pueden ser digitales, burbujas ideológicas y superficialidad pragmática. Nos desafía a romper con cultura y prejuicios estériles; pues si nos decimos herederos de Avraham, entonces deberíamos haber heredado la valentía de ir hasta en contra de la corriente cuando son nuestras convicciones, abandonar la comodidad estéril y transformar la sociedad y proclamar la verdad.
La sátira de los ídolos sostenidos por clavos nos proporciona herramientas críticas para desmitificar los ídolos de nuestro tiempo. Hoy los ídolos han tomado otra forma y otros nombres, son el consumo desmedido, la acumulación de riqueza, el estatus, la tecnología y el absolutismo político. El Profeta nos recuerda que todo sistema cuyo cimiento no sea la dignidad del hombre y la justicia del Eterno es un sistema endeble que requiere clavos para no colapsar, como la propaganda, la calumnia, la mentira y las “fake news”.
Lo que dice el verso 31 sobre renovar fuerzas “Yajalifu Kóaj” y la posterior dignificación del “gusano” puede perfectamente referirse a las epidemias pero no médicas, sino emocionales que aquejan nuestra época: el “burnout”, depresión, ansiedad, sensación de impotencia en las crisis mundiales. La profecía asegura que aún cuando seamos débiles y vulnerables, si “conectamos” con la trascendencia y solidaridad comunitaria, contamos con un “motor” invencible. Y entonces nos daremos cuenta de que, como avraham y los exiliados de Babilonia, no estamos solos en este camino, pues somos tomados de la mano derecha por el Señor (‘al-tira ki itja-aní).
Que sepamos actuar como verdaderos “amigos” de Dios en este mundo para el cual debemos ser luz y podamos construir una sociedad basada en la justicia, compasión y dignidad.
Que cuando escuchemos la pregunta del Señor diciendo “¿Dónde está mi justicia?” no tratemos de explicar cómo y cuánto hemos surido, sino que sepamos hablar de nuestra responsabilidad. Si bien el Eterno no nos soltará de su mano, nosotros no debemos soltar la mano de nuestro hermano. Salgamos del temor paralizante, caminemos juntos y hagamos de la bendición una responsabilidad común.
Shabbat Shalom.
Sábado 17 de octubre 2026
La lectura de la sección bíblica de Parashat Noaj (Génesis / Bereshit 6:9 – 11:32) nos sitúa ante uno de los relatos más conocidos, pero a la vez más complejos, de la tradición jurídica y espiritual de Occidente. Lo que a primera vista parece una simple parábola de destrucción y supervivencia animal en un arca, se revela bajo el lente de la tradición rabínica como una profunda meditación sobre la naturaleza humana, el colapso social y la instauración de una ética universal.
La narrativa comienza con un diagnóstico devastador: la Tierra está sumida en la corrupción y la violencia extrema. Ante este panorama, Dios decide borrar la vida de la superficie terrestre a través de un gran diluvio, salvando únicamente a Noé, a su familia inmediata (su esposa, sus tres hijos Sem, Cam y Jafet, y las esposas de estos) y a parejas de cada especie animal.
La descripción inicial presenta a Noé como "un hombre justo, íntegro en sus generaciones" que "caminaba con Dios". Sin embargo, esta aparente perfección ha sido motivo de grandes debates entre los Sabios clásicos. Exégetas como Rashi (1040–1105) recogen una postura ambivalente: mientras unos ven en Noé un elogio absoluto, otros argumentan que su justicia era meramente relativa a los bajísimos estándares morales de su época. Al compararlo con Abraham, la diferencia se hace evidente: mientras Abraham confronta y discute con el Creador para intentar salvar a los pecadores de Sodoma, Noé guarda silencio y se enfoca de manera exclusiva en construir el arca para resguardar a los suyos. Noé es el justo que sobrevive al naufragio, pero no el líder que transforma a su generación.
Tras el cese de las lluvias y la salida del arca, el relato da un vuelco fundamental. Dios establece una alianza perpetua no solo con Noé y su descendencia, sino con toda criatura viviente. El arcoíris se fija en el firmamento como el recordatorio visual de este pacto eterno: la promesa divina de que el mundo jamás volverá a ser destruido en su totalidad por un diluvio.
Este pacto introduce por primera vez en la Torá la idea de que la moralidad no es una simple inclinación natural o instinto, sino una demanda divina exigible a toda la humanidad. Pensadores de la talla de Maimónides (Rambam, 1135–1204) desarrollaron en su Mishné Torá el concepto de las Siete Leyes Noájicas, derivadas de este pasaje como el código ético racional mínimo para que cualquier sociedad civilizada funcione en paz:
1. Prohibición de la idolatría.
2. Prohibición de la blasfemia.
3. Prohibición del asesinato.
4. Prohibición del robo y la rapiña.
5. Prohibición de las relaciones sexuales ilícitas.
6. Prohibición de comer miembros de un animal vivo.
7. La obligación positiva de establecer tribunales de justicia eficaces.
De acuerdo con Rambam, cualquier persona no judía que observe fielmente estos preceptos éticos accede a la categoría de "Justo entre las Naciones" y adquiere participación en el Mundo Venidero.
La segunda sección de la porción expone la fragilidad de la condición humana tras el reinicio planetario. Noé planta una viña, se embriaga y queda expuesto en su desnudez dentro de su tienda. El incidente con sus hijos donde Cam expone la vulnerabilidad de su padre, mientras Sem y Jafet lo cubren con absoluto respeto enseña que una sociedad sana exige la dignidad de cubrir y proteger la debilidad ajena en lugar de exhibirla.
Posteriormente, el texto bíblico pasa del error individual al fracaso institucionalizado con el episodio de la Torre de Babel. En la llanura de Sinar, una humanidad unificada bajo un mismo idioma decide construir una urbe y una torre monumental orientada al cielo. Este proyecto no nace de una necesidad urbanística, sino del orgullo colectivo y de un deseo de rebelión contra los límites divinos. Al pretender "hacerse un nombre" para evitar la dispersión natural, desafían el mandato de poblar la Tierra. La respuesta divina es la confusión de lenguas y la dispersión forzada, demostrando que cualquier sociedad carente de humildad y enfocada en el poder técnico desmedido está condenada al colapso.
El mensaje de la Parashá encuentra su perfecta correspondencia en la Haftará seleccionada para esta semana (Isaías / Yeshayahu 54:1 – 55:5). El profeta Isaías consuela a una Jerusalén devastada tras la conquista babilónica del siglo VI a.C., comparándola con una esposa estéril y desolada que pronto verá multiplicada su descendencia.
La conexión teológica explícita ocurre en Isaías 54:9: "Porque esto es para Mí como las aguas de Noé...". Del mismo modo en que el Creador juró que las aguas del diluvio jamás volverían a inundar la tierra, el profeta garantiza que la ira divina sobre su pueblo es temporal y dará paso a una compasión eterna. El orden natural protegido por el pacto del arcoíris se transmuta aquí en un pacto político-espiritual de paz inquebrantable, donde las montañas podrán moverse, pero la lealtad y la benevolencia divina hacia Israel permanecerán estables.
La Parashat Noaj cierra con una transición genealógica crucial que nos conduce desde Sem hasta la figura de Abram (Abraham) y su esposa Sarai. Al hacer este movimiento de cámara pasando de la humanidad globalizada a una familia específica la Torá prepara el terreno para el siguiente capítulo de la historia sagrada.
El gran legado de Noé es la lección de que los seres humanos requerimos tanto de la libertad para actuar como de los límites éticos objetivos para no autodestruirnos a través de la violencia. La rectitud individual es imperativa para preservar la existencia, pero el propósito definitivo requiere de una alianza colectiva basada en la justicia compartida, la intercesión activa por el prójimo y la firme esperanza de que el corazón humano siempre conserva la capacidad de responder al llamado espiritual de la redención.
¡!Shabat Shalom¡¡
Sábado 10 de octubre 2026
בַּיּוֹם הַשְּׁמִינִי שִׁלַּח אֶת-הָעָם, וַיְבָרְכוּ אֶת-הַמֶּלֶךְ; וַיֵּלְכוּ לְאָהֳלֵיהֶם, שְׂמֵחִים וְטוֹבֵי לֵב, עַל כָּל-הַטּוֹבָה אֲשֶׁר עָשָׂה יְהוָה לְדָוִד עַבְדּוֹ, וּלְיִשְׂרָאֵל עַמּוֹ.
Derashá sobre la Haftará Yeshayahu 42:5 a 43:10 y su relación con la Parashá Bereshit 1:1 a 6:8
Este Shabbat iniciamos nuevamente el ciclo de la lectura de la Torá con la Parashá Bereshit. Volvemos al principio, después de que la semana pasada retornamos el rollo de la Torá hasta llegar al primer pasuk, a unas palabras que conocemos desde hace mucho tiempo y que, precisamente por conocerlas tanto, a veces podemos leer demasiado rápido y no ponerle la atención que amerita:
בְּרֵאשִׁית בָּרָא אֱלֹהִים אֵת הַשָּׁמַיִם וְאֵת הָאָרֶץ
Bereshit bará Elohim et hashamáyim ve’et haáretz.
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra”.
Desde el primer pasuk la Torá nos dice que Dios creó todo cuanto existe. Los cielos, la tierra, el universo y todo aquello que después irá tomando su propio lugar dentro de la creación, pero inmediatamente después nos dice que la tierra estaba tohu vavohu, desordenada, sin forma, y que la oscuridad estaba sobre la superficie del abismo. Es decir, la creación estaba ahí, pero todavía faltaba organizarla, darle estructura, establecer límites y colocar cada cosa en el lugar que le correspondía. A lo largo de los días siguientes, eso es precisamente lo que Dios va haciendo: separa, distingue, ordena y va dando sentido a aquello que inicialmente aparecía como caos y desorden.
Dentro de ese proceso hay un momento que siempre ha llamado mucho la atención de nuestros sabios. Antes de crear los animales, las plantas o al propio ser humano, la Torá nos dice: “Vayomer Elohim: Yehí or, vayehí or”, “Y dijo Dios: que haya luz; y hubo luz”. Aquí lo interesante es que tanto el sol, la luna y las estrellas no aparecerán sino hasta el cuarto día de la creación, de modo que inevitablemente surge la pregunta: ¿qué clase de luz fue creada en el primer día? El Talmud, en Jaguigá 12a, habla de una luz primordial, una luz especial con la que Adam podía contemplar de un extremo del mundo al otro. Nuestros sabios no vieron en ese primer “or” simplemente una fuente física de iluminación, sino algo mucho más profundo, una forma especial de percepción divina.
Podemos entender esa enseñanza como una manera de decir que Dios no solamente creó un mundo para que el ser humano viviera en él, sino que también le dio la capacidad de contemplarlo, comprenderlo y descubrir que detrás de lo que se ve a simple vista existe algo más. Por eso, cuando hablamos de luz en esta Parashá, no necesariamente tenemos que pensar solamente en la claridad física. También podemos pensar en lucidez, conciencia, discernimiento, en esa capacidad interior que permite mirar una situación y entenderla con mayor profundidad.
Entonces, justo después de crear la luz, la Torá agrega: “Vayar Elohim et ha’or ki tov, vayavdel Elohim bein ha’or uvein hajoshej”, “Y vio Dios que la luz era buena, y distinguió Dios entre la luz y la oscuridad”. Vale la pena detenernos a analizaren esa palabra, vayavdel, “distinguió”. Dios no elimina la oscuridad, sino que la separa de la luz y establece una diferencia entre ambas. Aquí podríamos encontrar sin temor a equivocarme, una de las primeras grandes enseñanzas de toda la Torá: vivir correctamente exige aprender a distinguir, entre la luz y la oscuridad, entre el bien y el mal, entre lo correcto y lo incorrecto.
El ser humano necesita distinguir entre lo que simplemente desea y lo que realmente necesita; entre aquello que le conviene en un momento y aquello que en verdad es correcto; entre lo que tiene precio y aquello que tiene un verdadero valor; entre una decisión que parece atractiva y otra que, aunque quizá resulte más difícil, conserva la integridad. La luz, entonces, puede entenderse como esa capacidad de distinguir con claridad, mientras que la oscuridad puede aparecer cuando nuestras prioridades se confunden y dejamos de ver con suficiente profundidad. El más claro ejemplo de una consecuencia sufrida por no saber distinguir con claridad, lo vemos en Bereshit 3, donde Javá y Adam tomaron una decisión de algo que en ese momento les pareció más atractivo, en lugar de poder distinguir con claridad y profundidad.
Precisamente por eso resulta tan interesante que nuestra Haftará de Yeshayahu retome una y otra vez las imágenes de la visión, la ceguera y la oscuridad. El profeta comienza recordándonos al Dios creador: “Así dice Dios, el Eterno, que creó los cielos y los extendió, que afirmó la tierra y dio aliento a quienes viven sobre ella”. El lenguaje nos traslada inevitablemente de regreso a Bereshit, pero ahora el mensaje da un paso más allá. Ya no se trata solamente de cómo Dios creó el mundo, sino de qué espera Dios del ser humano que vive dentro de ese mundo.
Yeshayahu dice que Israel fue llamado “leor goyim”, para ser luz de las naciones, y también “lifkóaj eináyim ivot”, para abrir los ojos ciegos y sacar de la oscuridad a quienes habitan en ella. La relación con Bereshit es demasiado profunda: en la Parashá Dios crea la luz; mientras que en la Haftará aparece la necesidad de abrir los ojos para poder ver esa luz. Porque puede existir mucha luz alrededor de nosotros y aun así podemos permanecer ciegos frente a ella.
Esa ceguera de la que habla Yeshayahu no tiene que ver solamente con la vista física. El propio profeta habla de personas que tienen ojos y, sin embargo, no ven, y que escuchan, mas no comprenden. Estamos, por lo tanto, ante una ceguera espiritual, una completa incapacidad para percibir aquello que está frente a nosotros porque nuestra mirada se ha reducido demasiado.
Aquí cabe hacer una aclaración. El judaísmo no enseña que lo material sea malo. Bereshit, de hecho, afirma una y otra vez que la creación es buena. Trabajar, prosperar, en disfrutar una comida, construir una casa, alcanzar metas o vivir con comodidad no existe ninguna contrariedad con la espiritualidad. El problema realmente aparece cuando lo material deja de ser una parte de nuestra vida y se convierte en toda nuestra manera de entenderla. Cuando medimos nuestro bienestar únicamente por lo que poseemos, lo que ganamos, la posición que tenemos o lo que los demás pueden ver de nosotros, nuestra visión comienza a estrecharse.
Pirkei Avot pregunta: “¿Quién es rico?” y Ben Zomá responde: “Hasaméaj bejelkó”, “quien se alegra con su porción”. La enseñanza no consiste en conformarse pasivamente ni en renunciar a mejorar, eso ya lo dejamos muy atrás con los esenios y su ascetismo religioso, o se lo dejamos a esos que pregonan y exhortan por todas partes la práctica de la llamada austeridad franciscana, aunque ellos nunca la lleven a la práctica; no, no se trata de eso, sino en no permitir que la ambición nos quite la capacidad de reconocer lo que ya tenemos, siendo agradecidos, no es conformismo, es gratitud por lo que no nos falta y al mismo tiempo seguir actuando para mejorar. Porque hay que entender algo, la ceguera material siempre nos muestra lo que nos falta; mientras que la visión espiritual nos permite ver lo que ya está presente, lo que ya tenemos y que no nos hace falta. Una persona puede tener mucho y vivir sintiendo que no tiene nada, mientras que otra puede aspirar a más y, al mismo tiempo, agradecer profundamente por lo que ya posee.
Esa misma tensión aparece en la historia de Adam y Javá. Ellos estaban en Gan Eden, rodeados de abundancia, belleza y con una inmejorable cercanía con Dios. Sin embargo, llega un momento en que toda la atención se concentra en un solo árbol. La Torá dice que Javá vio que el fruto era bueno para comer, agradable a los ojos y deseable. Como ya se mencionó anteriormente, aquí no estamos ante alguien que no ve, sino ante alguien cuya visión se ha vuelto demasiado estrecha. Ve el fruto, pero deja de ver el jardín completo; ve aquello que desea, pero pierde de vista todo aquello que ya recibió, que ya le pertenece; ve el atractivo inmediato, pero deja de considerar el límite que tiene que sobrepasar para llegar a ello.
Esa experiencia es muy humana. Podemos tener muchas bendiciones y permitir que una sola cosa que nos falta ocupe toda nuestra atención. Podemos estar tan pendientes de lo que alcanzó otra persona que dejamos de disfrutar nuestros propios logros. Podemos vivir pensando en el siguiente objetivo y no detenernos nunca a reconocer todo lo que ya hemos construido. Cuando eso sucede, nuestra vida quizá tenga mucha actividad, pero definitivamente tiene muy poca visión.
Algo similar ocurrió con Caín. Él ve que la ofrenda de Hével fue recibida de una manera distinta y su mirada comienza a llenarse de enojo, frustración y comparación. Poco a poco deja de ver a Hével como hermano y entonces empieza a verlo como rival. Dios le advierte, le da la oportunidad de detenerse, de revisar lo que está sucediendo dentro de él, pero Caín no logra hacerlo. Y después del asesinato, Dios le pregunta: “¿Dónde está Hével, tu hermano?”. Me parece muy significativo que insista en decir “tu hermano”, como si quisiera devolverle precisamente la visión que había perdido. No era un enemigo ni un obstáculo; era nada más y nada menos que su hermano de sangre.
Cuando perdemos la visión espiritual también corremos el riesgo de dejar de ver a las personas como personas. Podemos ver al empleado solamente como alguien que trabaja para nosotros, como un número o de expediente o como un simple clave, podemos ver al cliente únicamente como una venta, o como un simple medio para obtener dinero, podemos ver al que piensa diferente de nosotros como un adversario o al que nos incomoda como un problema. Pero la Parashá y la Haftará Bereshit nos recuerda que todos hemos sido creados betzelem Elohim, a imagen de Dios. Maimónides, en la Guía de los Perplejos, explica que esa imagen no debe entenderse como una semejanza física, sino que se relaciona con la capacidad humana de entendimiento y percepción. En otras palabras, se debe entender como una parte esencial de nuestra dignidad, consiste precisamente en esa posibilidad de comprender, distinguir y mirar más allá de la apariencia.
Yeshayahu lleva esa idea todavía más lejos cuando describe a un pueblo que ha visto muchas cosas y, sin embargo, no ha prestado atención. El pueblo de Israel caminó de la mano de Dios a través de sus patriarcas, fue esclavizado en Mitzrayim para posteriormente ser liberado por la Mano Poderosa de Dios, vagó por el desierto, entró a la Tierra Prometida, recibió enseñanza, tuvo profetas, conoció la Torá, pero aun con todo esto, pudo llegar a un estado de ceguera espiritual. Esto nos enseña algo importante: la ceguera espiritual no siempre nace de la ignorancia. A veces sabemos perfectamente que algo no está bien y, sin embargo, preferimos no verlo. Sabemos que estamos descuidando a alguien, que una actitud nos está dañando, que una ambición se está convirtiendo en obsesión o que una relación necesita atención, pero seguimos adelante como si nada estuviera ocurriendo.
Rabí Moshé Jaim Luzzatto, el Ramjal, en Mesilat Yesharim dice que “quien vive sin examinar sus actos se parece a un ciego que camina en la oscuridad”. Esa imagen encaja perfectamente con nuestra Haftará. Una persona puede estar avanzando, trabajando, produciendo y consiguiendo cosas, pero si nunca se detiene a pensar hacia dónde está llevando su vida, puede avanzar mucho y aun así terminar lejos de donde realmente quería llegar.
Por eso la visión espiritual no consiste necesariamente en vivir menos en este mundo, sino en vivirlo con mayor conciencia. Nos permite disfrutar lo material sin convertirlo en nuestro único propósito, aspirar a más sin despreciar lo que ya tenemos, trabajar sin olvidar a la familia, buscar éxito sin sacrificar la integridad y reconocer que hay cosas fundamentales que nunca aparecerán en una cuenta bancaria.
Y avanzando más en nuestra Haftará entendemos que Yeshayahu no se queda solamente en la ceguera. También habla de redención. Dice: “Al tirá, ki gealtija; karati veshimjá, li atá”, “No temas, porque te he redimido; te he llamado por tu nombre, mío eres tú”. Esto significa que la ceguera no forzosamente tiene que ser permanente. Una persona puede volver a ver. Puede cambiar prioridades, reconocer un error, recuperar una relación, agradecer aquello que había dejado de valorar y entonces corregir su rumbo.
Es por esto por lo que nuestros sabios encontraron la relación entre Bereshit y Yeshayahu. En Bereshit, Dios crea la luz y distingue entre la luz y la oscuridad. En Yeshayahu, Dios llama a un pueblo que ha perdido parte de su visión y le recuerda que todavía puede volver a ver. La luz no solamente ilumina el mundo exterior; también puede ayudarnos a ordenar nuestro propio mundo interior.
Hacia el final de la Haftará Dios dice: “Atem edai”, “Ustedes son Mis testigos”. Dar testimonio de Dios no significa únicamente hablar de Él, sino vivir de una manera que muestre que hemos aprendido a ver de otra forma: reconocer nuestras bendiciones, tratar a los demás con dignidad, distinguir entre lo conveniente y lo correcto, disfrutar lo material sin volvernos esclavos de ello y tener suficiente claridad para corregir cuando nos equivocamos.
Por eso, al comenzar nuevamente Bereshit, quizá podamos escuchar “Yehi or” de una manera un poco distinta. No solamente como el momento en que apareció la primera luz del mundo, sino también como una invitación a pedir claridad para nuestra propia vida. Que sepamos distinguir entre luz y oscuridad, que nuestros ojos no estén abiertos solamente para aquello que podemos poseer, sino también para aquello que merece ser valorado, y que no necesitemos perder algo para aprender finalmente a verlo.
Tal vez al comenzar otra vez el ciclo de la lectura de laTorá no necesitemos pedir que haya más cosas delante de nuestros ojos, sino pedir algo mucho más importante: tener una mirada lo suficientemente clara para reconocer todo aquello que Dios ya puso delante de nosotros.
¡!Shabat Shalom¡¡
Sábado 3 de octubre 2026
בַּיּוֹם הַשְּׁמִינִי שִׁלַּח אֶת-הָעָם, וַיְבָרְכוּ אֶת-הַמֶּלֶךְ; וַיֵּלְכוּ לְאָהֳלֵיהֶם, שְׂמֵחִים וְטוֹבֵי לֵב, עַל כָּל-הַטּוֹבָה אֲשֶׁר עָשָׂה יְהוָה לְדָוִד עַבְדּוֹ, וּלְיִשְׂרָאֵל עַמּוֹ.
Hay festividades que se celebran con estruendo y otras que se celebran con silencio. Shmini Atzeret pertenece a las segundas. Es el octavo día, el día que sigue a los siete de Sucot, el día en que —según la tradición— Dios pide a su pueblo que se quede un poco más, como un anfitrión que no quiere despedir a sus invitados. La Haftará que se lee en esta fecha, 1 Reyes 8:54-66, narra la culminación de la dedicación del Templo de Salomón, el momento en que el pueblo de Israel, tras catorce días de celebración, es despedido en el octavo día "alegre y con corazón contento" (1 Reyes 8:66). Este pasaje, aparentemente histórico, contiene capas de significado que atraviesan la vida del individuo y llegan hasta los desafíos más urgentes del pueblo judío en la actualidad.
I. La Haftará y Shmini Atzeret: el octavo día como clausura y plenitud
La conexión entre 1 Reyes 8:54-66 y Shmini Atzeret no es accidental. El texto describe la conclusión de la festividad de dedicación del Templo de Salomón, una celebración que duró catorce días: siete días de dedicación del Templo y siete días de Sucot. El versículo 66 es la clave hermenéutica: "En el octavo día despidió al pueblo, y ellos bendijeron al rey, y se fueron a sus tiendas alegres y con corazón contento por todo el bien que Jehová había hecho a David su siervo y a Israel su pueblo." Este "octavo día" es identificado por la tradición como Shmini Atzeret, el día de clausura y despedida tras la festividad de Sucot.
Los paralelismos litúrgicos y temáticos son profundos. En primer lugar, el "octavo día" de clausura: así como el pueblo se reunió para la dedicación del Templo y fue despedido en el octavo día, Shmini Atzeret se celebra inmediatamente después de los siete días de Sucot como una festividad independiente de "clausura" (Atzeret significa "detención" o "asamblea"). En segundo lugar, la alegría y la bendición: el pasaje describe una escena de inmensa alegría por la presencia de Dios en el Templo, y concluye con el pueblo "alegre y con corazón contento". Esto resuena con el carácter festivo de Shmini Atzeret, que cierra el ciclo de festividades con un sentido de plenitud y gozo. En tercer lugar, la continuidad temática: la Haftará de Shmini Atzeret es una continuación directa de la que se lee el primer día de Sucot (que describe la entrada del Arca al Templo). El primer día se lee la llegada del Arca; en Shmini Atzeret se lee la conclusión de la celebración y la bendición final de Salomón.
El mensaje central de esta Haftará es que la presencia de Dios (la Shejiná) encontró un hogar permanente en el Templo terrenal. Shmini Atzeret, como el día que cierra la temporada de festividades, nos recuerda que la verdadera alegría no está solo en la jornada individual, sino en la culminación de la conexión con lo divino. La dedicación del Templo representa el "punto máximo" de la historia judía bíblica, un momento de unidad nacional, paz y conexión espiritual que sirve como modelo para la celebración de Shmini Atzeret. En resumen, la Haftará es la narrativa histórica que da contexto y significado a la festividad: así como el pueblo se despidió del Templo en el octavo día lleno de alegría, nosotros en Shmini Atzeret nos despedimos de la temporada festiva de Sucot con el mismo espíritu de plenitud y agradecimiento.
II. El Templo interior: la vida del hombre como construcción sagrada
La relación entre la Haftará, Shmini Atzeret y la vida del hombre se puede trazar en varios niveles. En la tradición judía, el Templo (Beit Hamikdash) no era solo un edificio físico; era el punto de encuentro entre el cielo y la tierra. Los sabios enseñan que el Templo de abajo corresponde al Templo de arriba, y que cada persona es un Mikdash Me'at, un pequeño santuario. Así como Salomón dedicó el Templo tras años de preparación, cada hombre está llamado a construir y dedicar su propio "templo interior": su corazón, su mente, su cuerpo. La dedicación no es un evento de un día, sino un proceso. Salomón celebró catorce días, pero la construcción tomó siete años.
En la vida del hombre, la construcción del carácter toma tiempo, y la dedicación —el compromiso— es el momento en que decidimos habitar conscientemente en lo que hemos construido.
El número ocho, que define a Shmini Atzeret, tiene un significado especial. El siete representa lo natural, lo cíclico (los días de la semana, el ciclo de Sucot). El ocho representa lo sobrenatural, lo que trasciende el ciclo. En la vida del hombre, hay temporadas de "siete días": trabajo, rutina, esfuerzo, celebraciones. Pero llega un momento de Atzeret —detención, clausura— donde todo se detiene para interiorizar.
Ese "octavo día" es el momento en que, tras haber trabajado y celebrado, uno se detiene a preguntarse: ¿qué aprendí? ¿Qué me llevo? ¿Cuál es el sentido de todo esto? Es el paso de lo cuantitativo (muchos días, muchas fiestas) a lo cualitativo (un día de plenitud íntima). El versículo 66 dice que el pueblo se fue "alegre y con corazón contento". No dice que se fueron ricos, ni poderosos, ni famosos. Dice que se fueron con alegría en el corazón.
El hombre moderno tiende a medir el éxito por logros externos: títulos, dinero, reconocimiento. Pero la Haftará nos enseña que la verdadera culminación de un proyecto —la construcción del Templo, una carrera, una familia— no es el logro en sí, sino la capacidad de irse con el corazón contento. Shmini Atzeret nos recuerda que la vida no se trata solo de acumular días y experiencias, sino de llegar al final de un ciclo con gratitud y plenitud. Además, en la dedicación, todo Israel estuvo presente. No fue un evento individualista. El pueblo se reunió como una sola entidad. El hombre no fue creado para vivir aislado.
La construcción del Templo requirió colaboración: artesanos, materiales, dinero, tiempo, unidad nacional. En la vida del hombre, los proyectos más significativos —una familia, una comunidad, una empresa con propósito— requieren unidad y colaboración. Shmini Atzeret, como cierre de Sucot, es un recordatorio de que la alegría compartida es más profunda que la alegría solitaria.
Finalmente, en los versículos anteriores (54-61), Salomón ora de rodillas, con las manos extendidas al cielo. A pesar de haber construido el edificio más grandioso de la historia, se arrodilla. El hombre, cuando alcanza el éxito, tiende a creerse autosuficiente. Salomón nos enseña que cuanto más grande es el logro, más profunda debe ser la humildad. Shmini Atzeret, como día de clausura, nos invita a arrodillarnos internamente y reconocer que todo lo que hemos construido es, en última instancia, un regalo. La vida del hombre es un Templo en construcción: trabajamos, celebramos, nos detenemos, y luego nos vamos con el corazón contento. Shmini Atzeret es ese momento sagrado en que cerramos un ciclo, agradecemos, y nos preparamos para volver a empezar.
III. La identidad judía frente al antisemitismo contemporáneo
La relación más profunda entre la Haftará y Shmini Atzeret, y el antisemitismo global en alza, se puede plantear desde tres aspectos: cómo interpretar la identidad ante el odio, cómo mantener el sentido de pertenencia, y cómo encontrar la acción personal en la realidad del odio. El antisemitismo contemporáneo está mostrando nuevos patrones: la violencia ya no se dirige principalmente a instituciones judías, sino que aparece cada vez más en el espacio público cotidiano, donde los judíos son atacados por ser identificables como judíos. En Montreal, una mujer dijo directamente a un padre judío en un parque infantil "aquí no se admiten judíos"; en Barcelona, un grupo de turistas judíos franceses fue perseguido por la calle durante aproximadamente 90 minutos después de salir de la sinagoga, gritando "asesinos de bebés" y "los judíos no son bienvenidos aquí".
La esencia de Shmini Atzeret es la "retención" (Atzeret). La Torá narra que tras los siete días de Sucot, Dios pidió al pueblo judío que se quedara un día más, como si fuera difícil separarse de su pueblo. En el Talmud se describe que los 70 sacrificios de Sucot corresponden a las 70 naciones del mundo, mientras que en Shmini Atzeret solo se ofrece un sacrificio, correspondiente a la única nación de Israel, como un rey que después del banquete dice a su amado: "Prepara para mí una pequeña fiesta, para que pueda disfrutar solo de ti". El significado de esta estructura es muy claro: la existencia judía tiene un valor en sí misma, no necesita definirse mediante una postura frente al odio. Los crecientes incidentes antisemitas en la actualidad tienen una característica: los ataques a menudo no requieren provocación previa, simplemente porque la otra persona fue identificada como judía o israelí. En este contexto, la "elección" de Shmini Atzeret se convierte en una respuesta espiritual: el valor de la identidad judía no se debilita por ser odiada, ni necesita ser reafirmada por la resistencia al odio. Dios elige quedarse con este pueblo, independientemente de cuántas naciones del mundo los rodeen.
La Haftará describe el momento más glorioso de la historia judía: el Templo fue completado, el reino unificado, el pueblo "regresó a sus tiendas, gozoso y alegre de corazón". Pero este momento contiene en sí mismo una tensión que la tradición posterior debe enfrentar: el Templo fue finalmente destruido, la gloria fue interrumpida. El Midrash proporciona una parábola: un rey en viaje se detuvo en una posada y le sirvieron una comida sencilla; el rey preguntó "¿así me tratan?" La gente respondió: "Espera a que lleguemos a la ciudad, cuando entremos al palacio real, entonces verás la gloria que te mostraremos". El Templo es el "palacio", y la dispersión es el "camino".
Pero la clave está en que incluso en el camino, el rey no se ha ido. Los datos contemporáneos muestran un contexto severo: el año pasado, la cantidad de judíos asesinados en todo el mundo fuera de Israel fue la más alta desde el atentado al centro comunitario judío en Argentina en 1994; los incidentes antisemitas en siete países aumentaron 136% en comparación con antes del 7 de octubre de 2023, y los incidentes violentos aumentaron 97%. En la ciudad de Nueva York, los judíos representan aproximadamente el 10% de la población, pero representan el 57% de los crímenes de odio confirmados. Una encuesta del AJC muestra que aproximadamente el 91% de los judíos estadounidenses dicen sentirse menos seguros debido a los principales ataques contra judíos en los últimos 12 meses.
La lección central de Shmini Atzeret es que la supervivencia judía nunca ha dependido de condiciones externas favorables. El rabino Samson Raphael Hirsch explicó que el significado de Atzeret es "recopilar": recopilar las lecciones de todas las festividades, internalizarlas. Para los judíos que enfrentan el antisemitismo hoy, esto significa que la identidad no se construye sobre la base de "ser aceptados", sino sobre la base de la herencia, la fe y el sentido de pertenencia al pueblo que uno elige continuar. Shmini Atzeret es el "octavo día". Siete representa el orden natural y los ciclos, ocho representa "más allá de la naturaleza". Los judíos sobrevivieron a todas las persecuciones, expulsiones y masacres imaginables, y aun así continúan existiendo; esto en sí mismo es "más allá de la naturaleza".
Pero el "más allá de la naturaleza" no significa evasión pasiva. Los datos de la encuesta revelan algunos cambios en el comportamiento: más de la mitad de los judíos estadounidenses (55%) dicen que evitan ciertos lugares, eventos o situaciones debido a su identidad judía, o evitan usar públicamente símbolos que puedan identificarlos como judíos, o evitan publicar contenido en línea que revele su identidad judía. Esto es una forma de "temor", un temor razonable, pero también un temor que tiene costos. Al mismo tiempo, también existen respuestas en dirección opuesta. Amy Albertson, una influencer judeo-estadounidense, dijo: "Ser un judío orgulloso y sin disculpas es mucho más empoderador que temible." Ella publica capturas de pantalla de mensajes de odio que recibe, no para buscar compasión, sino para mostrar solidaridad con otros que enfrentan ataques similares: "No nos escondemos. El problema es de ellos. No es tu culpa. No hiciste nada malo."
Esto tiene una correspondencia directa con la elección en la Haftará. En la dedicación del Templo, Salomón oró arrodillado, a pesar de haber construido la estructura más gloriosa, aún se arrodilló. La verdadera fuerza de Shmini Atzeret no está en la grandeza externa, sino en la respuesta interna: incluso cuando el mundo exterior se vuelve hostil, uno aún puede elegir cómo mantener la identidad, cómo construir comunidad, cómo existir en el mundo como judío. La respuesta de Shmini Atzeret a la ola de antisemitismo no es una estrategia de confrontación, sino un retorno a la esencia: la identidad judía tiene un valor en sí misma, no necesita ser probada por el odio de otros, ni necesita ser definida por la actitud de otros. La "retención" de Dios al pueblo judío es primero una elección, y luego una respuesta a los desafíos del mundo exterior.
Conclusión
Shmini Atzeret es el día de la detención, el día en que todo se detiene para interiorizar. La Haftará de 1 Reyes 8:54-66 nos muestra el momento culminante de la dedicación del Templo, cuando el pueblo se fue "alegre y con corazón contento". Ese momento contiene una lección que atraviesa los siglos: la verdadera alegría no está en la acumulación de logros externos, sino en la capacidad de cerrar un ciclo con gratitud y plenitud. Para el individuo, esto significa construir el propio templo interior, dedicarlo con humildad, y aprender a detenerse para interiorizar. Para el pueblo judío, frente a las crecientes oleadas de antisemitismo, significa recordar que la identidad no se define por el odio de otros, sino por la elección de seguir siendo parte de un pueblo que ha sobrevivido a todas las persecuciones. El octavo día nos enseña que la vida es un Templo en construcción: trabajamos, celebramos, nos detenemos, y luego nos vamos con el corazón contento. Y en ese "corazón contento" reside la respuesta más profunda al mundo que nos rodea: no nos escondemos, no nos avergonzamos, no permitimos que el odio defina quiénes somos. La fiesta de la detención es, paradójicamente, la fiesta del coraje de seguir siendo.
Sábado 26 de septiembre 2026
Para comprender el trasfondo de esta haftará, debemos ubicarnos históricamente en el periodo postexílico de Israel, aproximadamente en el siglo V a.e.c., entre los años 520 y 518. El profeta Zacarías, hijo de Berequías, se enfrentaba a una tarea monumental: levantar el ánimo de un pueblo descorazonado. El profeta Jeremías había anunciado que el exilio duraría setenta años; ese tiempo ya casi se cumplía y, sin embargo, la realidad no parecía cambiar. El panorama seguía siendo adusto, gris y desesperanzador.
Es en este contexto donde Zacarías escribe las visiones dramáticas que hoy leemos en nuestra Haftará. En lugar de detenernos en las lecturas literales o en las interpretaciones escatológicas y apocalípticas tan comunes, los invito a que nos apartemos de ese enfoque. Redescubramos este texto como una profunda alegoría poética sobre la justicia social, el monoteísmo universal y la paz global, analizándolo a través de tres ejes interpretativos esenciales.
El primer eje es el fin del nacionalismo excluyente y el nacimiento del monoteísmo universal, sintetizado en Zacarías 14:9: “Y el Eterno será Rey sobre toda la tierra. En aquel día el Eterno será Uno, y Uno su nombre”. Seguramente todos reconocemos estas palabras. Las leemos al menos cada Shabat aunque idealmente deberíamos integrarlas en nuestra liturgia diaria como el majestuoso cierre de la oración del Aleinu. Desde una perspectiva contemporánea, este versículo no vaticina la destrucción del mundo físico, sino la evolución espiritual de la humanidad. Nos habla de una era donde todas las naciones reconocerán una única fuente moral de justicia y compasión. Esto no significa que debamos pensar exactamente igual, sino que seremos capaces de superar las divisiones religiosas y el sectarismo, conviviendo desde el respeto mutuo a nuestras diferencias.
El segundo eje implica la desmitificación de la guerra apocalíptica y del concepto del "Día del Señor". Los primeros versículos describen un asedio catastrófico sobre Jerusalén y fenómenos geológicos violentos, como la división del Monte de los Olivos. Estos pasajes pertenecen al género de la literatura apocalíptica judía de la época del Segundo Templo, un estilo que utilizaba metáforas dramáticas e hipérboles poéticas para infundir esperanza a un pueblo oprimido. Nuestra visión reformista rechaza la idea de un Dios guerrero que altera la geografía con violencia o castiga de forma sangrienta. En su lugar, interpretamos esta "batalla" como la lucha ética e histórica entre la opresión humana y la justicia divina, un eco de nuestra convicción de que las fuerzas morales orientadas al bien común terminarán por prevalecer.
El tercer eje nos conduce a la universalización del ritual y su conexión íntima con Sucot. Zacarías profetiza que los sobrevivientes de todas las naciones peregrinarán año con año a Jerusalén para celebrar la Fiesta de los Tabernáculos, y añade un detalle entrañable: hasta las ollas comunes de la ciudad serán sagradas. Esto representa la abolición definitiva de las fronteras espirituales entre el judío y el extranjero. A través del concepto de Tikún Olam —la reparación del mundo—, la inclusión de todas las naciones en Sucot simboliza el ideal de una fraternidad humana universal. La santidad ya no queda confinada al Templo o a una casta sacerdotal selecta; cualquier aspecto de la vida cotidiana, incluso las ollas de nuestro hogar, se vuelve sagrado si se vive con rectitud, empatía e integridad moral.
Llegados a este punto, cabe preguntarnos: ¿qué otra relación profunda guarda esta Haftará con la esencia de Sucot?
En primer lugar, nos habla de una obligación universal. El texto decreta que los pueblos de la Tierra deberán unirse en esta festividad. En la antigüedad, Sucot era la única celebración en la que se ofrecían setenta sacrificios en el Templo, los cuales, según el Talmud, representaban a las setenta naciones originarias del mundo. ¿Qué otra cultura antigua miraba más allá de sus propias fronteras de ese modo? Mientras la mayoría de los pueblos se enfocaba únicamente en su propia supervivencia, el judaísmo ya modelaba un símbolo máximo de inclusión teológica y paz global.
En segundo lugar, la Haftará alude al juicio sobre el agua y la lluvia. Sucot coincide con el inicio de la estación lluviosa en Israel. Históricamente, en el Templo se realizaba la ceremonia del Nisuj HaMayim, la libación del agua, para pedir por las lluvias del invierno. Zacarías conecta este ritual con el bienestar global, advirtiendo que la nación que no celebre Sucot no recibirá lluvia. La lluvia es el recurso vital básico, la bendición divina elemental compartida por toda la humanidad. Para dimensionar esto, imaginemos por un momento una situación de emergencia colectiva. Si nos dijeran que debemos evacuar nuestros hogares de inmediato y llevar solo lo indispensable para sobrevivir los próximos cinco días, ¿qué sería lo primero que empacaríamos? Sin duda alguna, agua. El agua nos iguala a todos en nuestra necesidad más primaria.
Esto nos lleva al último punto: la vulnerabilidad humana, tanto comunitaria como individual. La Sucá, nuestra cabaña temporal, es el recordatorio definitivo de nuestra fragilidad. Al habitar en ella, expuestos a la intemperie, comprendemos que la verdadera seguridad no proviene de muros físicos, fortificaciones o ejércitos, sino de la interdependencia humana y la protección divina. Al mostrarnos la caída y la posterior reconstrucción de Jerusalén, Zacarías nos enseña la misma lección. La paz sostenible y la inmunidad global solo se alcanzarán cuando la humanidad reconozca su vulnerabilidad mutua. Solo cuando decidamos unirnos bajo valores compartidos de bondad, reglas de respeto y un comportamiento ético, podremos alcanzar un desarrollo pleno, tanto para nosotros mismos como para el resto del mundo.
Shabat Shalom.
19 de septiembre 2026
Contexto histórico
La Haftará de esta semana, perteneciente a la parashá de Haazinu, se ubica en Shemuel Bet 22:1–51. Antes hay que saber que Shemuel fue el último de los jueces y el primer profeta que ungió a los primeros reyes del reino unificado de Israel. Mientras que el primer libro narra los inicios con el rey Saúl, Shemuel Bet abarca la vida de David y esta transición de una sociedad tribal desorganizada a un sistema de gobierno centralizado.
El libro inicia con una guerra civil de siete años entre la Casa de Judá (que coronó a David en Hebrón) y las tribus del Norte (fieles a Ish-Bóshet, hijo de Saúl), guerra donde David termina unificando y consolidando la union del reino, por eso en esta haftara el cantico que hace david tiene un sentido de gracias por la ayuda que el atribuye a Dios para lograr consolidar su reinado.
Argumento
Esta Haftara presenta el cantico de agradecimiento de David, el cual llevo una vida llena de conflicto y persecución, es justo en el momento donde él se ve liberado de luchas y empieza a reconocer que la guerra terminó, y entiende que ahora puede ya soltar el estado de alerta donde vivió por mucho tiempo. Cuando dice que Dios lo sacó a un "lugar holgado " en Samuel bet 22:20, el comienza la transición entre cargar con la herida o hacer esta herida aprendizaje. Mantener una emoción o una etapa más allá de
su tiempo es seguir huyendo y escondiéndose aun cuando el perseguidor ya no está. El talmud acerca de esto nos dice " Los Sabios enseñaron en una baraita con respecto al versículo que dice: «No lloréis por los muertos, ni os lamentéis por ellos» (Jeremías 22:10): «No lloréis por los muertos» se refiere al luto excesivo; «ni os lamentéis por ellos» más de lo apropiado. ¿Cómo es esto? ¿Cuál es la medida apropiada? Tres días para llorar, siete para elogiar y treinta para la prohibición de planchar la ropa y para la prohibición de cortarse el cabello. A partir de este punto, el Santo, Bendito sea, dice: No seáis más misericordiosos con los difuntos de lo que yo soy" a través de este texto debemos entender que hay un tiempo para cerrar las batallas del pasado. Alargar el sufrimiento no nos hace más piadosos, solo nos impide habitar ese lugar holgado que Dios ya nos está dando.
Esto también lo podemos ver en el parashá, pues Moshé hace un cantico de agradecimiento, sabiendo que su liderazgo ya ha llegado a su fin y además sabiendo que no podrá entrar a la tierra prometida. Moshé nos enseña el no quedarse atrapado en el lamento, ni en la frustración y aún peor trata de forzar su permanencia como líder. en cambio, con gran sabiduría, bendice al pueblo y suelta el liderazgo para que otros continúen.
Los textos, tanto la parasha como la haftara nos muestra a Moshé aceptando finalmente en soltar su liderazgo y entendiendo que su labor termina ahí y que no debe forzar su permanencia como líder, siendo esto un punto delicado en la historia del pueblo que estaba por formarse, David, ya con un pueblo conformado por las guerras y persecuciones libradas a lo largo de su vida igualmente entendió que debía soltar sus guerras y persecuciones personales. si ambos supieron cerrar sus etapas, con cuánta más razón nosotros debemos soltar un dolor o un proceso que ya termino.
Maimonides en Mishné Torá, en las Leyes sobre el Duelo, Hiljot Avel 13:11, enseña que el apegarse al dolor o a un ciclo que termino es un error, una irracionalidad, pues el apego y el no soltar es rebelarse contra la realidad, contra lo que ya ocurrió, en lo que no hay marcha atrás. Textualmente dice " Quien se aflige o se lamenta más allá de la medida fijada por los Sabios, sigue un camino de necedad y falta de sabiduría... pues el mundo sigue su curso natural y las cosas deben aceptar su tiempo". Cuando David proclama que Dios lo sacó a un «lugar holgado» (2 Samuel 22:20), David nos muestra lo racional, asumir que la persecución de Saúl y las guerras pasadas terminaron, y que el presente debe ser considerado como un " lugar Holgado", la oportunidad que Dios nos da en "Ahora", en el presente y vivir en el " lugar Holgado".
Baruch Spinoza en su libro "Ética demostrada según el orden geométrico" en la Parte V, Proposición 6 enseña «En la medida en que la mente comprende que todas las cosas son necesarias y que los ciclos tienen un fin determinado, tiene un mayor poder sobre sus afectos; es decir, padece menos por ellos».
Spinoza nos enseña que el tiempo no se puede parar, sino que sigue y es nuestra responsabilidad seguir viviendo, como nos dice David en la Haftara, "en un sitio Holgado" donde lo ocurrido ya se soltó, y lo que no podemos controlar más, ya no tenga más efecto en nuestra vida.
Una unión interesante entre la Parashá y la Haftará, se logra a través de la palabra Tzur (צור Roca). En Deuteronomio 32:4 leemos: «Ha-Tzur ta-MÍM pa-o-LÓ, ki JOL de-ra-JAV mish-PÁT; El e-mu-NÁ ve-EÍN Á-vel, tzad-DÍK ve-ya-SHÁR HU» («La Roca: perfecta es Su obra, porque todos Sus caminos son justicia; Dios de verdad y sin iniquidad, justo y recto es Él»). Esta misma palabra reaparece cinco veces a lo largo de todo el cántico de David en 2 Samuel 22, pero una que podemos tomar esta en 2 Samuel 22:32” ¿Y quién es una Roca fuera de nuestro Dios?”
Vemos que la palabra Tzur define lo inquebrantable y lo eterno, y vemos que se lo relaciona varias veces con Dios. Esto nos puede decir que todo conflicto aparece cuando nos quedamos atrapados en una herida, en una etapa o en un resentimiento del pasado. En ese momento cometemos un error de perspectiva, pues convertimos ese dolor en nuestra "roca", otorgándole al problema la fuerza de definirnos. Pero esta conexión con la palabra Tzur nos hace entender que, si solo Dios es la Roca eterna, entonces nuestras batallas y sufrimientos son, al verlos en otra perspectiva pueden ser transitorios. Pues Moshe y David nos enseñan que soltar no es perder ni olvidar; si no más bien poner las cosas en su lugar. Es dejar de tratar a un problema como si fuera una roca inamovible, dándonos el permiso de cerrar ese ciclo para finalmente darnos la oportunidad de vivir en nuestro presente.
Como lo enseña Maimonides en la Guía de los Perplejos, Parte III, Capítulo 12 «La causa de todo este error estriba en que este ignorante y sus semejantes del vulgo juzgan el universo entero ateniéndose a su propia individualidad. Se figura, en efecto, el necio que el universo entero no existe sino por él, de manera que, siempre que le acaece algo contrario a su deseo, concluye que el universo entero es un mal. Si el hombre tomara en cuenta el universo en su conjunto y comprendiera el escaso volumen que él ocupa en el mismo, se le evidenciaría la verdad y su error se haría patente.»
Una metáfora contemporánea, nos la puede dar la física cuántica, que nos habla del Efecto Zeno, que es donde la observación continua de una partícula impide que evolucione o se desintegre. En la mente ocurre lo mismo, pues cuando observamos obsesivamente una herida del pasado, creamos un Efecto Zeno que congela el problema y para que una emoción sane, necesitamos dejar de vigilar constantemente, pues soltar es, darle espacio al presente.
Ambos textos se pueden entender en que soltar no significa olvidar ni restar valor a nuestra experiencia, sino entender que la etapa acabo y logro con su propósito. Hay que entender que seguir sosteniendo algo que puede atrasar o lastimar no lo mantiene "vivo", sino que nos impide habitar el presente, y como lo mencione todo proceso de luto tiene su tiempo y su ciclo, y este respeto los rabinos del talmud lo tuvieron en cuenta.
Shabat Shalom.
En el primer día de Rosh Hashaná no leemos el inicio del mundo, sino el nacimiento de Itzjak, la expulsión de Hagar e Ishmael, el pacto de Avraham con Avimélej, el maftir de Bemidbar sobre -yom teruah-, y la Haftará de Jana, una mujer que llora, reza, es malentendida, se levanta y canta. La tradición talmúdica conecta estas lecturas porque Sarah y Jana fueron “recordadas” en Rosh Hashaná; no recordadas como quien encuentra una nota vieja en un cajón, sino como quien recibe una nueva posibilidad de vida. Las palabras potentes son: —El Eterno recordó/visitó a Sarah—, —El Eterno recordó a Jana—, —día de sonido quebrado—, y —Jana oró—. En la cantilación, estas frases no se gritan: se elevan y descansan. El texto nos enseña que la esperanza no siempre entra como trompeta triunfal; a veces entra con voz temblorosa, como quien dice: “Todavía no sé cómo, pero quiero creer”.
El espacio y el tiempo de la Haftará son profundamente humanos. Estamos en Shiló, antes de que Yerushaláyim sea el centro de la vida espiritual en Israel, en los días anteriores a la monarquía. Elkaná sube año tras año desde la zona montañosa de Efraim para ofrecer sacrificios; allí están Elí, el sacerdote, y sus hijos Jofní y Pinjás. La escena no ocurre en un palacio ni en una gran ceremonia perfecta. Ocurre en una familia rota, en un santuario imperfecto, en una mesa donde una mujer no puede comer porque su dolor le cerró la garganta. Y qué fuerte es esto para Rosh Hashaná: entramos al año nuevo no desde una fantasía de perfección, sino desde la verdad de lo que somos. Venimos con nuestras bendiciones, sí; pero también con cansancio, duelos, anhelos, pendientes, familia sin visitar, deudas y pecados que, Baruj Hashem, todavía no salieron en el grupo de WhatsApp comunitario. xD
El contexto sociológico también importa. En el mundo bíblico, la fertilidad no era solo un asunto íntimo; era estatus, seguridad, continuidad, honor familiar. Por eso, la esterilidad de Sarah y de Jana no es únicamente un dolor privado: es una herida social. Sarah espera hasta la vejez; Jana soporta la burla de Peniná; Hagar y su hijo Ishmael quedan vulnerables en el desierto. En una misma mañana de Rosh Hashaná, la Torá nos pone frente a tres mujeres y tres formas de dolor: Sarah, que esperó demasiado; Jana, que no era escuchada; Hagar, que fue expulsada. Y Dios aparece no como un juez frío, sino como Aquel que escucha la risa de Sarah, el llanto de Jana y la voz del niño en el desierto. En Bereshit 21, el texto dice que Dios escuchó “la voz del muchacho”; es decir, incluso cuando los adultos ya no saben qué hacer, el Cielo todavía escucha la vida que está en riesgo.
La historia de Jana es sencilla y poderosa: una mujer no tiene hijos, sufre, sube al santuario, ora con intensidad, Elí piensa que está fuera de sí, que está ebria… y ella explica que está derramando su alma ante Dios, recibe una bendición, vuelve a casa y nace Shemuel. Hay una pista que es poderosa y que es necesario recordar siempre: Jana no cambia el mundo con poder, lo cambia con tefilá, con sus rezos. No tiene un cargo, no tiene un micrófono, no tiene un comité, no tiene un presupuesto aprobado, pero tiene voz interior.
Jana se vuelve la maestra de Rosh Hashaná porque nos enseña que rezar no es informarle a Dios lo que nos pasa; rezar es atrevernos a escuchar lo que nos pasa delante de Dios. A veces llegamos al templo diciendo “todo bien”, pero el alma dice: “No, precioso, siéntate tantito, tenemos junta”.
La Haftará dialoga con la parashá a través de una palabra central: pakad, recordar, visitar, tomar en cuenta. Rosh Hashaná se llama también “Yom HaZikarón”, día de memoria o día del recuerdo. Pero la memoria judía no es nostalgia. No es quedarnos mirando fotos viejas diciendo: “Antes sí éramos felices y teníamos menos juntas por Zoom”. La memoria de Rosh Hashaná es una fuerza espiritual: Dios recuerda lo que fuimos, sí, pero también recuerda lo que podemos llegar a ser. Dios recuerda nuestra versión más elevada incluso cuando nosotros la extraviamos.
Bemidbar 29 llama a este día -yom teruah-, día de teruá, un sonido quebrado. Qué maravilla: ¡el año no empieza con una nota perfecta, sino con una nota partida! La shevarim y la teruá parecen suspiros, sollozos, respiraciones entrecortadas. Y aun así, esos sonidos son mitzvá. Esto es una enseñanza inmensa: lo quebrado también puede ser sagrado. No venimos a Rosh Hashaná para fingir que todo está completo; venimos para poner nuestras grietas dentro de una melodía. Maimónides enseña que el shofar despierta al ser humano de su sueño espiritual, como diciendo: “Despierten, ustedes que duermen”. Y Jana ya está despierta. Jana es el shofar humano de la Haftará: su corazón roto produce una oración que despierta al sacerdote, despierta al pueblo y, de alguna manera, despierta la historia de Israel, porque de ella nacerá Shemuel.
Las middot de interpretación también nos ayudan. Con la herramienta de gezera shavá, podríamos escuchar el eco entre Sarah y Jana: dos mujeres, dos matrices cerradas, dos recuerdos divinos, dos nacimientos que cambian la historia. Podríamos decir: si Dios escucha a Ishmael en el desierto, si Dios escucha a Jana cuando ni siquiera Elí la entiende, cuánto más debemos nosotros escuchar a quienes están cerca y no saben cómo decir su dolor. Y aquí aparece la ética de Rosh Hashaná: antes de pedir ser escuchados en el Cielo, aprendamos a escuchar en la tierra. Porque hay personas en nuestras familias, comunidades y amistades que no necesitan un sermón, ni una corrección, ni un “échale ganas”; necesitan que alguien les diga: “Estoy aquí, no estás sola, no estás solo”.
Pirkei Avot nos recuerda:—no juzgues a tu prójimo hasta llegar a su lugar--. Elí mira a Jana y la interpreta mal. Ve sus labios moverse y cree entenderlo todo. Esa es una de las enfermedades espirituales más antiguas y más modernas: ver poquito y opinar muchísimo. Rosh Hashaná nos invita a hacer teshuvá también de nuestras interpretaciones apresuradas. ¿Cuántas veces confundimos cansancio con mala actitud, silencio con indiferencia, lágrimas con debilidad, intensidad con exageración? Jana le responde a Elí con una frase bellísima: “Estoy derramando mi alma ante el Eterno”. No está perdida; está rezando. No está rota sin sentido; está transformando su dolor en vínculo.
La canción de Jana, en Shemuel Alef 2, expande la historia personal hacia una visión social: Dios levanta al pobre, sostiene al débil, invierte jerarquías, baja la soberbia y eleva la dignidad. Esto es esencial para Rosh Hashaná. No coronamos a Dios como Rey para imaginarnos un trono lejano, sino para recordar que ningún poder humano es absoluto. Ni el poder del dinero, ni el poder del ego, ni el poder de quien siempre cree tener la razón en la junta directiva. Maljuyot, la soberanía divina, nos libera de adorar nuestros pequeños reinos personales. Jana canta porque entendió que cuando Dios reina, el mundo puede reorganizarse con más justicia. Y entonces Rosh Hashaná deja de ser solo “año nuevo judío” y se vuelve una pregunta ética: ¿qué reino estamos construyendo con nuestras palabras, nuestros hábitos, nuestros silencios y nuestras decisiones?
Por eso, en este primer día de Tishré, Sarah nos enseña que nunca es tarde para que algo nazca; Hagar nos enseña que Dios escucha incluso en el desierto; Ishmael nos enseña que una vida no queda definida solo por el miedo de un momento; Avraham nos enseña que los pactos deben hacerse con responsabilidad; y Jana nos enseña que la oración más poderosa puede salir de una voz que casi nadie oye. Que este Rosh Hashaná nos encuentre menos duros, más despiertos, menos rápidos para juzgar y más dispuestos a escuchar. Que el sonido del shofar abra en nosotros una memoria nueva: no solo recordar lo que hicimos, sino recordar quiénes queremos ser. Y que podamos preguntarnos en casa, con honestidad y ternura: ¿qué parte de mi alma está esperando ser escuchada este año, y qué vida nueva puede nacer si por fin me atrevo a escucharla?