Cada semana, nuestro rabino o un lider de la comunidad comparte un mensaje sobre la Parashá, con enseñanzas que nos inspiran a vivir una vida judía, con propósito, sentido y conexión.
El profeta Isaías llama al diluvio "mei Noaj", las aguas de Noaj (Isaías 54:9). Nombre raro: fue Dios quien mandó las aguas, pero la historia las bautizó con el nombre del único que se salvó. El Zohar explica por qué: Noaj construyó el arca, cuidó a su familia, cumplió todo al pie de la letra, pero nunca levantó la voz por su generación. Caminó con Dios, dice la Torá; no caminó hacia sus vecinos.
La tradición jasídica (tomémoslo como cuento con moraleja) cuenta que el alma de Noaj volvió en Moshé. Los dos flotaron de bebés en una teivá: la misma palabra para el arca y para la canastita del Nilo. Y llega el becerro de oro, Dios amenaza con destruir al pueblo, y Moshé dice: "Si no los perdonás, mejení na, borrame de Tu libro" (Éxodo 32:32). Y acá el juego que cierra todo: las letras de mejení (מחני) son exactamente las letras de mei Noaj (מי נח). Como si Moshé dijera: sé de dónde vengo. Sé lo que es quedarse a salvo mientras el mundo se hunde. Yo elijo otra cosa.
Noaj hizo todo bien y casi nada por los demás. Moshé entendió que una persona se mide por una sola pregunta: ¿por quién levantaste la voz?
Que este Shabat nos encuentre con alguna voz para alzar.
Shabat shalom
Bereshit no es un libro de ciencia ni una crónica histórica en el sentido moderno; es el gran mapa de navegación ética del pueblo judío y de la humanidad. Desde la perspectiva del Judaísmo Liberal, abordamos el texto bíblico no como un dictado literal inmutable, sino como una corriente viva de revelación progresiva, donde la voz de Dios se entrelaza con la búsqueda humana de significado.
Al abrir el rollo de la Torá una vez más, nos enfrentamos al misterio de la creación: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Bereshit 1:1). Pero el verdadero milagro que la parashá nos invita a desentrañar no es la mecánica cósmica de la materia, sino el nacimiento de la conciencia moral. La creación culmina con la aparición del ser humano, un ser dotado de libre albedrío y, por ende, de una ineludible responsabilidad ética. Hoy analizaremos cómo las crisis narrativas de Bereshit el Edén y el fratricidio de Caín actúan como espejos críticos de nuestras propias encrucijadas contemporáneas.
El primer gran manifiesto ético de la Torá se encuentra en Bereshit 1:27:
וַיִּבְרָא אֱלֹהִים אֶת הָאָדָם בְּצַלְמוֹ, בְּצֶלֶם אֱלֹהִים בָּרָא אֹתוֹ: זָכָר וּנְקֵבָה, בָּרָא אֹתָם.
“Y creó Dios al hombre a Su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”.
La noción de Tzelem Elohim (la Imagen Divina) es la piedra angular del humanismo judío. En el contexto del Antiguo Oriente Próximo, solo los reyes y emperadores eran considerados "imagen de la divinidad". La Torá realiza una revolución democrática y espiritual sin precedentes al democratizar este estatus: cada ser humano, sin importar su género, raza, estatus social u orientación, porta la chispa del Creador.
La literatura rabínica clásica comprendió la inmensidad de este concepto. En la Mishná (Sanedrín 4:5) se nos enseña:
וּלְהַגִּיד גְּדֻלָּתוֹ שֶׁל הַקָּדוֹשׁ בָּרוּךְ הוּא, שֶׁאָדָם טוֹבֵעַ כַּמָּה מַטְבְּעוֹת בְּחוֹתָם אֶחָד וְכֻלָּן דּוֹמִין זֶה לָזֶה, וּמֶלֶךְ מַלְכֵי הַמְּלָכִים הַקָּדוֹשׁ בָּרוּךְ הוּא טָבַע כָּל אָדָם בְּחוֹתָמוֹ שֶׁל אָדָם הָרִאשׁוֹן וְאֵין אֶחָד מֵהֶן דּוֹמֶה לַחֲבֵרוֹ
“Por eso el ser humano fue creado único... para proclamar la grandeza del Santo, Bendito Sea; porque si un hombre acuña muchas monedas con un solo sello, todas son idénticas, pero el Rey de reyes ha acuñado a cada ser humano con el sello del primer hombre, y ni uno solo es idéntico a su prójimo”.
Desde un enfoque liberal, este pasaje es un imperativo para la justicia social (Tikún Olam). Si dañar a un ser humano es destruir un reflejo de Dios, la pasividad ante la pobreza, la discriminación o la opresión es una afrenta directa a la Divinidad. La diversidad humana no es una imperfección del diseño, sino la manifestación deliberada de la pluralidad divina. Por lo tanto, nuestra primera tarea moral es validar la dignidad infinita de cada individuo dentro y fuera de nuestras comunidades.
La transición del ser humano en el jardín del Edén suele interpretarse erróneamente en otras tradiciones como la "caída" en el pecado original. El judaísmo, y en particular el pensamiento crítico judío liberal, rechaza esta noción de depravación heredada. El consumo del fruto del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal (Bereshit 3:6) representa el doloroso pero necesario despertar de la madurez moral.
Antes de comer el fruto, los seres humanos vivían en un estado de inocencia pastoral, ajenos a la elección ética. Al adquirir la capacidad de distinguir el bien del mal, se transforman en agentes morales. Dios mismo lo reconoce en Bereshit 3:22: “He aquí que el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal”. La libertad tiene un costo: la expulsión de la comodidad de la inconsciencia y la asunción de la mortalidad. Sin embargo, antes de esta ruptura, Dios deposita un mandamiento ecológico fundamental en Bereshit 2:15: “Tomó, pues, el Eterno Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo cuidase” (Leovdah uleshomrah).
El Midrash clásico expande este mandato de una manera que resuena con urgencia en nuestra actual crisis climática. En Eclesiastés Rabá (7:13) se relata:
בְּשָׁעָה שֶׁבָּרָא הַקָּדוֹשׁ בָּרוּךְ הוּא אֶת אָדָם הָרִאשׁוֹן, נְטָלוֹ וְהֶחֱזִירוֹ עַל כָּל אִילָנֵי גַּן עֵדֶן, וְאָמַר לוֹ: רְאֵה מַעֲשַׂי כַּמָּה נָאִים וּמְשֻׁבָּחִין הֵן, וְכל מָה שֶׁבָּרָאתִי בִּשְׁבִילְךָ בָּרָאתִי. תֵּן דַּעְתְּךָ שֶׁלֹּא תְּקַלְקֵל וְתַחֲרִיב אֶת עוֹלָמִי, שֶׁאִם קִלְקַלְתָּ אֵין מִי שֶׁיְּתַקֵּן אַחֲרֶיךָ
“Cuando Dios creó al primer ser humano, lo llevó ante todos los árboles del huerto de Edén y le dijo: ‘Mira Mis obras, qué hermosas y excelentes son. Todo lo que he creado, lo creé por ti. Presta atención de no corromper ni destruir Mi mundo; porque si lo destruyes, no habrá nadie que lo repare después de ti’”.
La exégesis liberal lee aquí una advertencia explícita contra la explotación desmedida de nuestro planeta. No somos dueños absolutos de la Tierra; somos sus guardianes (shomrim). El desarrollo tecnológico y económico debe equilibrarse con una ética de la sustentabilidad que proteja la creación para las generaciones futuras.
Si el Edén representa nuestra relación con la Tierra y con nosotros mismos, la historia de Caín y Abel (Bereshit 4) aborda de manera cruda nuestra relación con el "Otro". Es el primer conflicto social de la Torá. Tras el rechazo de su ofrenda, Caín experimenta la vulnerabilidad del ego herido. Dios le advierte: “Si haces bien, ¿no serás enaltecido? Y si no haces bien, el pecado está a la puerta” (Bereshit 4:7). Aquí la Torá subraya que el instinto destructivo (Yétzer Hará) existe, pero poseemos la capacidad soberana de dominarlo.
Caín falla la prueba. Asesina a su hermano en el campo. Cuando Dios le pregunta: “¿Dónde está Abel tu hermano?”, Caín responde con la evasión más famosa e infame de la literatura universal: “No sé. ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?” (Hashomer ají anoji?, Bereshit 4:9).
A lo largo de los siglos, el judaísmo ha respondido a Caín con un "Sí" rotundo y ensordecedor. Sí, somos los guardianes de nuestros hermanos y hermanas.
El texto bíblico utiliza una genialidad gramatical cuando Dios replica: “La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra” (Bereshit 4:10). En el hebreo original, la palabra para sangre está en plural: Dmei ajíja ("las sangres de tu hermano"). El exégeta Rashi (Francia, siglo XI), basándose en el Talmud, comenta que no se refiere solo a la sangre de Abel, sino “a su sangre y la sangre de sus descendientes futuros que dejaron de nacer”.
Este comentario crítico nos obliga a mirar el impacto colectivo de nuestras acciones y omisiones. Cuando ignoramos el sufrimiento de las minorías, cuando cerramos las fronteras al refugiado, cuando permitimos que la violencia armada o la guerra civil destrocen vidas, estamos repitiendo el pecado de Caín. La indiferencia es, para el Judaísmo Liberal, la antítesis de la santidad. No podemos recluirnos en la comodidad de nuestra observancia ritual privada mientras el clamor de las "sangres" de los marginados sigue subiendo desde la tierra.
Al concluir la lectura de Bereshit, nos queda una resonancia interna. Cuando Adán se esconde entre los árboles tras transgredir el límite, Dios lo llama con una sola palabra: “¿Dónde estás?” (Ayeká, Bereshit 3:9).
Obviamente, un Dios omnisciente sabía la ubicación física de Adán. El comentario jasídico de Rabí Shneur Zalman de Liadi (citado en la tradición de Jabad pero universalizado por el pensamiento judío moderno) enseña que Ayeká es un llamado eterno dirigido a cada ser humano en cada generación. Es Dios preguntándonos: ¿En qué punto de tu camino moral te encuentras? ¿Te estás escondiendo de tus responsabilidades?
El Judaísmo Liberal nos insta a no escondernos detrás de dogmas obsoletos ni de la apatía social. Bereshit nos dota del lenguaje de la responsabilidad: la santidad de la vida (Tzelim Elokim), la protección del planeta (Leovdah uleshomrah), y la solidaridad inquebrantable con el prójimo (Hashomer ají anoji).
Que en este nuevo ciclo de lectura de la Torá tengamos el valor de responder al llamado divino, no con el miedo de Adán ni con la evasión de Caín, sino con la disposición activa de nuestros profetas: Hineni, aquí estoy, listo para reparar el mundo.
Shabat shalom
Cuando hablamos de Yom Kipur, de inmediato viene a nuestra mente y a la de prácticamente todas las personas que conozco, la idea de perdón, penitencia y renovación espiritual y moral. La verdad es que no están muy errados respecto al sentido del día… pero quizá bajo la capa de esa idea se oculta otra con un sentido y profundidad mucho mayor que lo anterior.
Pero primero, recordemos la base halájica de la festividad. Yom Kipur se celebra diez días después de Rosh Hashaná, el año nuevo judío, en el día diez del mes de tishrei. Estos días son de una importancia religiosa importantísima porque de acuerdo a la tradición, El Eterno utiliza estos días para juzgar la conducta de cada uno de nosotros y entrega su veredicto en Yom Kipur, y entonces son sellados ya sea en el libro de la vida o en el de la muerte según ese juicio.
Dado esto, estos días son la última oportunidad de influir positivamente en este veredicto.
El ayuno de Yom Kipur es sumamente importante ya que siendo uno largo (25 horas) busca purificar cuerpo y alma tanto por este evento como las demás limitaciones impuestas por la tradición evitando distracciones y placeres materiales. Como todos los eventos de mortificación, su propósito final es el acercamiento espiritual de la persona hacia El Eterno.
Numeros 27:9 dice; “Y en el décimo día del séptimo mes tendrán una convocación sagrada y afligirán sus almas”
Isaias 1:18 “Aunque tus pecados sean como escarlata, serán blancos como la nieve”
No debemos de olvidar que la función pedagógica de los rituales es la de ser elementos de apoyo en la enseñanza y por lo tanto, entender que todo lo que llegamos a llamar “costumbres” tienen un propósito y no son una finalidad en si mismas.
Como referencia a las citas del Tanaj anteriores, parte de la enseñanza de este día nos dirige a hacer énfasis en la humildad y la sencillez, de ahí que además se acostumbre no utilizar prendas que en su tiempo se consideraban un lujo y la aplicación de afeites y cremas tenían el mismo propósito… lo que al evitar todo lo anterior regresamos a un estado de sencillez necesario para nuestro “diálogo” con El Eterno.
Kol Nidre… una hermosa oración que apunta a la anulación de juramentos prestados ya sea de manera consciente o inconsciente, cuyo origen viene de la época de la Inquisición, en donde se tenia que abjurar para conservar la vida. Pudiéramos decir que en épocas actuales esta función ya no tendría sentido, pero además de la belleza de la oración, esta oración nos da un marco legal en donde somos liberados de este tipo de juramentos.
Yizkor… integrada durante la época de las cruzadas, a raíz de las matanzas realizadas por los ejércitos cruzados en su tránsito hacia la Tierra Santa, ya que acostumbraban arrasar con las comunidades judías europeas que encontraban en su camino. La expresión de perdida y dolor comunitario.
Y el Shofar… que con su sonido anuncia la finalización del ayuno y nos explica la extensión del sentimiento de los fieles hacia El Eterno, anunciando además que a partir de ese momento debemos de llevar una vida más noble y significativa.
Y aquí encontramos un significado más oculto en este día… la Teshuva…
Teshuva además significa “retorno”… el retorno de nosotros a lo que debemos de ser desde un inicio, no solamente en el entendido de la reparación, sino además entender que tenemos la oportunidad de “volver a ser” la persona que en origen somos… y de la que seguramente nos hemos desviado en nuestro diario actuar y reaccionar a las diferentes circunstancias y retos que la vida no va presentando.
Retorno al alma judía que tenemos desde nuestro nacimiento, y que conforme crecemos y vivimos, nos vamos alejando un poco de nuestro ser y nuestra misión.
Retorno en nuestra comunidad, no solo de presencia física, sino además de contacto, apoyo y acción con nuestros compañeros comunitarios.
Retorno a la esencia judía de aprendizaje, un poco todos los días, aprender de nuestros libros sagrados, de los libros de nuestro pueblo, de los sabios y justos que nos rodean, de nuestros hijos, de nuestras esposas… en fin, entender que somos alumnos de todo el mundo.
Retorno a la búsqueda de la justicia, en nuestro entorno inmediato, en nuestra comunidad, en nuestro país y ¿por que no?, en nuestro mundo.
Retorno a nuestra inocencia… a nuestra curiosidad… a nuestra visión positiva del mundo que nos rodea.
Pero sobre todo, retornar nuevamente a nuestra esencia judía… y trabajar por el Tikum Olam
Elad ben Abraham
5787
Yom Kippur es un día donde el tiempo se detiene para los judíos, dejamos fuera nuestras ocupaciones, compromisos y distracciones. Oramos y nos reunimos como Comunidad como lo han hecho tantas generaciones que nos precedieron.
Pero Yom Kippur no es sólo pasar un día en la sinagoga, ayunar, recitar el Vidui y escuchar el sonido del shofar. Este es un momento de encuentro con nosotros mismos, sin explicaciones, justificaciones o racionalizaciones de nuestros actos que nos hagan parecer menos responsables de ellos. Yom Kippur nos pide que comencemos a escuchar y nos miremos, reconozcamos lo que hicimos bien, y lo que pudimos haber hecho de otra manera.
La palabra תְּשׁוּבָה — teshuvá — no es arrepentimiento. Teshuvá significa retorno. Regresar cuando descubrimos que nos hemos apartado del camino, conscientes de que podemos cambiar; reconocer lo que hemos hecho mal y cambiar nuestra conducta, pedir perdón, reparar, regresar y comenzar de nuevo. Con sinceridad, decididos a no continuar siendo igual.
Yom Kippur puede expiar las faltas cometidas entre el ser humano y Dios; pero aquellas cometidas contra otra persona no quedan reparadas mientras no hayamos buscado la reconciliación con quien hemos lastimado y la reparación del daño causado. Esto es algo que aprendimos desde el primer Yom Kippur que hemos pasado en la Comunidad. No le pedimos a Dios que resuelva lo que a nosotros nos corresponde, es nuestra responsabilidad y debemos asumirla. Debemos reconocer que también las palabras, arrogancia, indiferencia, ingratitud o crueldad producen heridas.
אָשַׁמְנוּ — Ashamnu. Hemos pecado. Hemos sido culpables.
No decimos solamente: “yo”. Decimos: nosotros. Ese simple hecho contiene una de las más grandes enseñanzas del judaísmo. No existimos aislados, tenemos familia, comunidad y una sociedad de la que formamos parte.
Yom Kippur no nos hace preguntarnos: “¿qué hice mal?”. Es más importante preguntarnos: ¿qué pude haber hecho bien y no lo hice? No mentimos, pero callamos la verdad; no humillamos pero fuimos indiferentes a la humillación de otros; no rechazamos al necesitado, pero no le ayudamos; fuimos cuidadosos con las formas religiosas, pero descuidados con la dignidad de los demás; pedimos comprensión, pero no la dimos.
¿De qué sirve ayunar —nos pregunta el profeta Isaías— si continuamos oprimiendo, ignorando al necesitado o permaneciendo indiferentes frente a la injusticia?
El ayuno nos abre los ojos y reconocemos el hambre, soledad, sufrimiento, dignidad de los demás. Hemos recibido la tradición de nuestros antecesores y le hemos analizado y estudiado, y así la transmitiremos a las futuras generaciones, pero creemos que debe ser una tradición comprendida. No debe proceder del temor, la costumbre o el automatismo. Yom Kippur es el ejemplo vivo. El ayuno es la más profunda tradición, pero quizás la parte más importante es que descubramos su significado espiritual cuando voluntariamente dejamos lo cotidiano: tenemos hambre, sed y sentimos nuestra fragilidad. Pero recordemos que no es una competencia para ver quién es el que más sufre. Ayunamos, es verdad, pero ¿aprendimos de nuestro ayuno humildad, consciencia, agradecimiento? ¿Recordamos al hambriento y necesitado; nos dio sensibilidad y nos sentimos dispuestos a ayudar?
Ayunar es muy importante en Yom Kippur, pero también Teshuvá, Tefilá y Tzedaká (Retorno, Oración y Justicia) y algo particularmente importante para el judaísmo liberal: responsabilidad personal. No es que decidamos cumplir solamente lo que nos sea cómodo. Nuesra autonomía informada se basa en el estudio, el cuestionamiento, la reflexión, el análisis, nuestro Rabino, nuestros Maestros, nuestra Comunidad, nuestra conciencia y entonces y sólo entonces tomamos la decisión.
Para nuestros estudiantes, particularmente, quiero subrayar algo importante. Ser judío no es solamente palabras o expresiones en hebreo, o saber al dedillo las fechas de nuestras festividades y conmemoraciones, ni cómo se encienden las candelas o qué berajá debo pronunciar primero. Hemos dicho con anterioridad que debemos preguntarnos si el judaísmo nos hace mejores personas, sabemos escuchar, somos más responsables, reconocemos nuestros errores, pedimos perdón sin racionalizar nuesros actos, nos enseña que debemos pedir justicia y buscar darla a los demás.
Porque podemos aprender Torá, conocer mitzvot, hablar de ética y ser los mismos, indiferentes y tratar mal a los demás. Nuestro código de conducta nos debe permitir reconocer que no debemos pedir perdón por lo que el otro se sintió ofendido; sino reconocer que lastimamos a los demás, comprendemos el daño, no nos justificamos, deseamos repararlo y tenemos la intención de no repetirlo. Tal vez más duro sea reflexionar si somos capaces de perdonar y entender que los demás pueden cambiar. ¿Esperamos un cambio o queremos conservar el derecho de condenarlo? Sin significar que debemos aceptar abusos, renunciar a límites, o fingir que no nos hirieron. Es reconocer que otros también desean una oportunidad de hacer Teshuvá. ¿Estamos dispuestos a permitirlo?
En el Yizkor que hacemos recordamos a los que ya no están, Padres, Madres, Abuelos, familiares, amigos, Maestros. A todos los que podemos escuchar sólo en nuestra memoria. Comprender que todos estamos de paso. Que no hay una cantidad infiita de tiempo, o de “te quieros” o de “gracias” o de “perdóname”.
En la tradición נְעִילָה — Neilá es el cierre, donde la tradición imagina que unas puertas se cierran. Para nosotros no es literal tampoco; es cuando comprendemos que se termina el tiempo de hablar y comienza el de actuar. Escucharemos el Shofar y volveremos a nuestras vidas, alimentos, teléfonos, compromisos, trabajos, conversaciones, desacuerdos, rutinas y ese es el verdadero comienzo de nuestro Yom Kippur. Ahí es cuando sabremos si este día nos enseñó que debemos hablar de otra manera, actuar sin indiferencia, escuchar sin arrogancia, practicar la Tzedaká y juzgar con benevolencia.
Escuchar el último sonido del Shofar y preguntarnos ¿Qué sigue ahora? Sinceridad, esperanza, tradiciones, conciencia, responsabilidad, autonomía informada, humildad, cambio, Tefilá, Tzedaká, perdón, reparación, límites pero que esto sea ahora nuestro estándar de vida.
Que nos llevemos una decisión como nos dice el Rabino para la llamada que no hemos hecho, la disculpa que no hemos pedido, la conducta que debemos abandonar, la relación que debemos atender, la injusticia que debemos rechazar, el compromiso que debemos asumir. No nos vamos a convertir en los humanos perfectos, Yom Kippur nos pide algo completamente posible y es dar el siguiente paso en la dirección correcta
Que al terminar este día seamos mejores. Mejores que los que éramos antes de comenzar.
גְּמַר חֲתִימָה טוֹבָה
Gmar Jatimá Tová.
Que seamos inscriptos y confirmados para bien en el Libro de la Vida.
Cuando escuchamos el sonido del Shofar, ¿Qué es lo que realmente resuena en nuestros corazones? La tradición nos dice que el Shofar es un despertador espiritual. En el judaísmo liberal, entendemos que este despertar no es hacia un temor ciego a un juicio celestial, sino un despertar a nuestra propia responsabilidad. Es un llamado a examinar la brecha entre quienes somos hoy y quienes deseamos ser; entre el mundo tal como es y el mundo tal como debería ser.
Hoy entramos al año 5787. Miramos a nuestro alrededor y vemos un mundo complejo, a menudo fragmentado, sediento de compasión y de justicia. En estos Yamim Noraim, nuestra tradición nos invita a detener el tiempo, no para escapar de la realidad, sino para encontrar las fuerzas espirituales y morales necesarias para transformarla.
El concepto central de estos días es la Teshuvá, que solemos traducir como "arrepentimiento", pero cuyo significado raíz es lashuv "retorno". ¿A qué retornamos? Retornamos a nuestra esencia más pura, a los valores que a veces dejamos en el camino por la prisa o el egoísmo.
Desde la perspectiva reformista, la Teshuvá es un acto de profunda autonomía y honestidad intelectual. No creemos en un destino estático ni en un libro donde todo está rígidamente prescrito. El "Libro de la Vida" lo escribimos nosotros mismos con cada elección diaria. Nuestra teología nos enseña que Dios actúa en el mundo a través de nuestras manos. Por lo tanto, la Teshuvá no es un ruego pasivo de perdón; es un compromiso activo de cambio.
Preguntémonos en este inicio de año:
¿Qué palabras pronuncié este año que construyeron muros en lugar de puentes?
¿En qué momentos elegí la indiferencia en lugar de la empatía?
Perdonarnos a nosotros mismos y pedir perdón a los demás requiere valentía. Es reconocer nuestra vulnerabilidad, sabiendo que el judaísmo no nos exige perfección, sino un esfuerzo constante por evolucionar.
Pero el judaísmo liberal nunca se queda solo en el ámbito de lo individual. Nuestra espiritualidad está intrínsecamente ligada a la ética social. No podemos alcanzar la paz interior si cerramos los ojos ante las injusticias de nuestra sociedad.
Nuestros profetas, cuyas voces resonarán con fuerza durante estos días festivos, no exigían sacrificios rituales vacíos; exigían justicia, alimentar al hambriento, romper las cadenas de la opresión y cuidar de la viuda y el huérfano (que hoy representan a los marginados y vulnerables de nuestro tiempo).
Este Rosh Hashaná debe ser un recordatorio de nuestro pacto con el Tikún Olam, la reparación del mundo. El cambio climático, la pobreza, la discriminación y la intolerancia no son problemas ajenos a nuestra vida sinagogal; son el núcleo de nuestro llamado religioso. Ser judíos liberales hoy significa aplicar las enseñanzas eternas de la Torá a los desafíos éticos contemporáneos. Significa alzar la voz por los derechos humanos, por la igualdad y por la dignidad de cada criatura, entendiendo que todos fuimos creados B'tzelem Elohim, a imagen y semejanza de lo Divino.
Una de las mayores bendiciones del movimiento reformista es nuestra visión de la comunidad. Hoy, al mirar este espacio, celebramos la diversidad que nos enriquece. Rosh Hashaná es el "cumpleaños del mundo", la creación de la humanidad entera, no solo del pueblo judío. Por eso, este es un momento para reafirmar nuestra identidad como una comunidad de puertas abiertas.
Damos la bienvenida con el corazón abierto a las familias interreligiosas que eligen criar a sus hijos en el amor a nuestras tradiciones; a las personas de todas las orientaciones sexuales e identidades de género; a quienes nacieron judíos y a quienes han elegido este camino con amor y convicción. Aquí nadie es un observador de segunda clase. Todos somos socios iguales en la preservación y renovación de nuestra herencia.
La tradición no es una pieza de museo que debemos adorar sin tocar; es un árbol de vida que necesita agua, aire y espacio para dar nuevos frutos. Al integrar la modernidad con la tradición, hacemos que el judaísmo siga siendo una fuerza viva, relevante y transformadora para nosotros y para las futuras generaciones.
Queridos amigos, el Shofar está a punto de sonar una vez más. Que sus notas rompan la apatía de nuestros corazones. Que nos inspire a sanar nuestras relaciones rotas, a comprometernos con la justicia y a abrazar nuestra herencia con orgullo, mente abierta y espíritu crítico.
Que en este año que comienza tengamos la fuerza para cambiar lo que deba ser cambiado, la resiliencia para enfrentar la incertidumbre y el amor mutuo para sostenernos en comunidad.
Que seamos inscritos y sellados en el Libro de la Vida, de la Salud, de la Paz y de la Justicia Social.
¡Shaná Tová Umetuká! Que tengan un año bueno y dulce.