En el primer día de Rosh Hashaná no leemos el inicio del mundo, sino el nacimiento de Itzjak, la expulsión de Hagar e Ishmael, el pacto de Avraham con Avimélej, el maftir de Bemidbar sobre -yom teruah-, y la Haftará de Jana, una mujer que llora, reza, es malentendida, se levanta y canta. La tradición talmúdica conecta estas lecturas porque Sarah y Jana fueron “recordadas” en Rosh Hashaná; no recordadas como quien encuentra una nota vieja en un cajón, sino como quien recibe una nueva posibilidad de vida. Las palabras potentes son: —El Eterno recordó/visitó a Sarah—, —El Eterno recordó a Jana—, —día de sonido quebrado—, y —Jana oró—. En la cantilación, estas frases no se gritan: se elevan y descansan. El texto nos enseña que la esperanza no siempre entra como trompeta triunfal; a veces entra con voz temblorosa, como quien dice: “Todavía no sé cómo, pero quiero creer”.
El espacio y el tiempo de la Haftará son profundamente humanos. Estamos en Shiló, antes de que Yerushaláyim sea el centro de la vida espiritual en Israel, en los días anteriores a la monarquía. Elkaná sube año tras año desde la zona montañosa de Efraim para ofrecer sacrificios; allí están Elí, el sacerdote, y sus hijos Jofní y Pinjás. La escena no ocurre en un palacio ni en una gran ceremonia perfecta. Ocurre en una familia rota, en un santuario imperfecto, en una mesa donde una mujer no puede comer porque su dolor le cerró la garganta. Y qué fuerte es esto para Rosh Hashaná: entramos al año nuevo no desde una fantasía de perfección, sino desde la verdad de lo que somos. Venimos con nuestras bendiciones, sí; pero también con cansancio, duelos, anhelos, pendientes, familia sin visitar, deudas y pecados que, Baruj Hashem, todavía no salieron en el grupo de WhatsApp comunitario. xD
El contexto sociológico también importa. En el mundo bíblico, la fertilidad no era solo un asunto íntimo; era estatus, seguridad, continuidad, honor familiar. Por eso, la esterilidad de Sarah y de Jana no es únicamente un dolor privado: es una herida social. Sarah espera hasta la vejez; Jana soporta la burla de Peniná; Hagar y su hijo Ishmael quedan vulnerables en el desierto. En una misma mañana de Rosh Hashaná, la Torá nos pone frente a tres mujeres y tres formas de dolor: Sarah, que esperó demasiado; Jana, que no era escuchada; Hagar, que fue expulsada. Y Dios aparece no como un juez frío, sino como Aquel que escucha la risa de Sarah, el llanto de Jana y la voz del niño en el desierto. En Bereshit 21, el texto dice que Dios escuchó “la voz del muchacho”; es decir, incluso cuando los adultos ya no saben qué hacer, el Cielo todavía escucha la vida que está en riesgo.
La historia de Jana es sencilla y poderosa: una mujer no tiene hijos, sufre, sube al santuario, ora con intensidad, Elí piensa que está fuera de sí, que está ebria… y ella explica que está derramando su alma ante Dios, recibe una bendición, vuelve a casa y nace Shemuel. Hay una pista que es poderosa y que es necesario recordar siempre: Jana no cambia el mundo con poder, lo cambia con tefilá, con sus rezos. No tiene un cargo, no tiene un micrófono, no tiene un comité, no tiene un presupuesto aprobado, pero tiene voz interior.
Jana se vuelve la maestra de Rosh Hashaná porque nos enseña que rezar no es informarle a Dios lo que nos pasa; rezar es atrevernos a escuchar lo que nos pasa delante de Dios. A veces llegamos al templo diciendo “todo bien”, pero el alma dice: “No, precioso, siéntate tantito, tenemos junta”.
La Haftará dialoga con la parashá a través de una palabra central: pakad, recordar, visitar, tomar en cuenta. Rosh Hashaná se llama también “Yom HaZikarón”, día de memoria o día del recuerdo. Pero la memoria judía no es nostalgia. No es quedarnos mirando fotos viejas diciendo: “Antes sí éramos felices y teníamos menos juntas por Zoom”. La memoria de Rosh Hashaná es una fuerza espiritual: Dios recuerda lo que fuimos, sí, pero también recuerda lo que podemos llegar a ser. Dios recuerda nuestra versión más elevada incluso cuando nosotros la extraviamos.
Bemidbar 29 llama a este día -yom teruah-, día de teruá, un sonido quebrado. Qué maravilla: ¡el año no empieza con una nota perfecta, sino con una nota partida! La shevarim y la teruá parecen suspiros, sollozos, respiraciones entrecortadas. Y aun así, esos sonidos son mitzvá. Esto es una enseñanza inmensa: lo quebrado también puede ser sagrado. No venimos a Rosh Hashaná para fingir que todo está completo; venimos para poner nuestras grietas dentro de una melodía. Maimónides enseña que el shofar despierta al ser humano de su sueño espiritual, como diciendo: “Despierten, ustedes que duermen”. Y Jana ya está despierta. Jana es el shofar humano de la Haftará: su corazón roto produce una oración que despierta al sacerdote, despierta al pueblo y, de alguna manera, despierta la historia de Israel, porque de ella nacerá Shemuel.
Las middot de interpretación también nos ayudan. Con la herramienta de gezera shavá, podríamos escuchar el eco entre Sarah y Jana: dos mujeres, dos matrices cerradas, dos recuerdos divinos, dos nacimientos que cambian la historia. Podríamos decir: si Dios escucha a Ishmael en el desierto, si Dios escucha a Jana cuando ni siquiera Elí la entiende, cuánto más debemos nosotros escuchar a quienes están cerca y no saben cómo decir su dolor. Y aquí aparece la ética de Rosh Hashaná: antes de pedir ser escuchados en el Cielo, aprendamos a escuchar en la tierra. Porque hay personas en nuestras familias, comunidades y amistades que no necesitan un sermón, ni una corrección, ni un “échale ganas”; necesitan que alguien les diga: “Estoy aquí, no estás sola, no estás solo”.
Pirkei Avot nos recuerda:—no juzgues a tu prójimo hasta llegar a su lugar--. Elí mira a Jana y la interpreta mal. Ve sus labios moverse y cree entenderlo todo. Esa es una de las enfermedades espirituales más antiguas y más modernas: ver poquito y opinar muchísimo. Rosh Hashaná nos invita a hacer teshuvá también de nuestras interpretaciones apresuradas. ¿Cuántas veces confundimos cansancio con mala actitud, silencio con indiferencia, lágrimas con debilidad, intensidad con exageración? Jana le responde a Elí con una frase bellísima: “Estoy derramando mi alma ante el Eterno”. No está perdida; está rezando. No está rota sin sentido; está transformando su dolor en vínculo.
La canción de Jana, en Shemuel Alef 2, expande la historia personal hacia una visión social: Dios levanta al pobre, sostiene al débil, invierte jerarquías, baja la soberbia y eleva la dignidad. Esto es esencial para Rosh Hashaná. No coronamos a Dios como Rey para imaginarnos un trono lejano, sino para recordar que ningún poder humano es absoluto. Ni el poder del dinero, ni el poder del ego, ni el poder de quien siempre cree tener la razón en la junta directiva. Maljuyot, la soberanía divina, nos libera de adorar nuestros pequeños reinos personales. Jana canta porque entendió que cuando Dios reina, el mundo puede reorganizarse con más justicia. Y entonces Rosh Hashaná deja de ser solo “año nuevo judío” y se vuelve una pregunta ética: ¿qué reino estamos construyendo con nuestras palabras, nuestros hábitos, nuestros silencios y nuestras decisiones?
Por eso, en este primer día de Tishré, Sarah nos enseña que nunca es tarde para que algo nazca; Hagar nos enseña que Dios escucha incluso en el desierto; Ishmael nos enseña que una vida no queda definida solo por el miedo de un momento; Avraham nos enseña que los pactos deben hacerse con responsabilidad; y Jana nos enseña que la oración más poderosa puede salir de una voz que casi nadie oye. Que este Rosh Hashaná nos encuentre menos duros, más despiertos, menos rápidos para juzgar y más dispuestos a escuchar. Que el sonido del shofar abra en nosotros una memoria nueva: no solo recordar lo que hicimos, sino recordar quiénes queremos ser. Y que podamos preguntarnos en casa, con honestidad y ternura: ¿qué parte de mi alma está esperando ser escuchada este año, y qué vida nueva puede nacer si por fin me atrevo a escucharla?